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Domingo, 25 de Junio de 2017
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Huy, qué fino es eso de hacer pis...

La importancia del agua en nuestros hogares.


     Hay cosas que, por cotidianas, no se les da el valor que merecen (que no es poco) y se consideran vulgares, tabúes u obscenas…

     No quiero descender con este relato a límites sospechosos de escatología, sin embargo,  quiero apuntar  en él,  los siguientes  datos y reflexiones:

     Parece ser que el 23 de agosto de 1948, D. Ricardo de Luis tomó posesión de la Alcaldía y fue durante su mandato (1948-1954), cuando tuvo lugar la traída de aguas al pueblo desde el barranco del Horcajo;  es decir,   se realizó la conducción, a través de tuberías de uralita a un depósito,   y de éste,  a la fuente de la Plaza Mayor.  A partir de este momento,   poco a poco fue llegando la comodidad a nuestras casas. La forma  de costear tamaña empresa, en gran parte fue debida al esfuerzo de los cornagueses. Tengo escuchado  a mis mayores  (no sé si estoy bien informado),  que  las  peonadas  en  las que un vecino   debía  trabajar  para dicho menester,  era conforme al número de varones  que había en el hogar. Injusto,  ¿no?

     Con la llegada del agua a las casas  (sin prisa, pero sin pausa),  se fueron cambiando los rallos,   botijos,   botejas,   botijas,   tinajas,   cántaros   y   palanganas,  siendo  sustituidos  paulatinamente por piezas más finas de loza y cristal.

     Naturalmente,  sin  agua  en  las  casas  y  con una tecnología poco avanzada,  no había tampoco  lavadoras  ni  lava -vajillas. Se lavaba en el río o en los lavaderos de: La Niestra,  El Regadío, La Regadera  o  El Cristo.  De los productos de limpieza también habría mucho que hablar.  Le tenía escuchado a mi abuela que en sus tiempos  fabricaban una especie de lejía a base de cenizas, con la que luego quitarían la suciedad a  sus ropas. Recuerdo también el jabón  que  se fabricaba con tocino y sosa cáustica en nuestras casas y  nos  abastecíamos con él durante todo el año. Creo que en alguna casa se sigue haciendo,  aunque lógicamente no  por  necesidad,  sino  por  las  cualidades  de  aquél  y  las preferencias de los usuarios.  También impregna mi memoria la imagen de aquellas bolsitas o saquitos de tela del famoso “azulete” que se ponía  en el último aclarado de las sábanas y de  la ropa  blanca.

     Las cuestiones de aseo e higiene, sin bañeras, bidés, duchas o artilugios de hidromasaje (al  igual  que en otros pueblos),   pues en estas cosas,  unos antes y otros después,  todos hemos   tenido  los  mismos  inconvenientes,  hoy  nos  resultan  extrañas  e  inimaginables. Recuerdo  que  en algunos bares sólo había un baño  (común para hombres y mujeres),  una especie de plato cuadrado con un agujero centrado en su parte anterior y las siluetas de dos plantillas de calzado  (a ambos lados)  para indicar  la  posición  adecuada de colocación del usuario y evitar deslizamientos o  caídas inoportunas.  Cuando  tirábamos  de  la  cadena,  el agua  venía  con  tanta  fuerza  que  algunas  salpicaduras  impregnaron nuestros atuendos y aderezos. De lo que los impregnaron, creo que os lo podéis imaginar…

     Y  las necesidades fisiológicas, pues en el corral. Algún gallo inquieto creyó encontrar un suculento  manjar  en  algún  culo y…varias  vueltas  a  la  carrera  hubo que  dar  al  recinto corralero  para  llevarle  ventaja al de la cresta. Por papel higiénico, alguna piedra (si era llana y sin aristas, mejor).  Luego  vino  el  papel  “Elefante”.  ¿Os acordáis de ese papel moreno y tosco,  envuelto  en  celofán  amarillo  con el dibujo del elefantito de color rojo?  Tuvo  mucho éxito en su época, aunque se llevaba mal con las almorranas. Luego fue sustituido por papel suave, extra-suave, de doble capa y hasta perfumado.

     Una  ventaja  del agua de entonces es que no sabía a cloro.  El agua también servía para chaparrear   las   entradas  y  habitaciones.  En  esos  años,  nuestros  recibidores  eran  de piedras y cantos (no de terrazo o  gres como ahora) y era necesario salpicarlos de agua para que  no se levantara polvo, aparte de la necesidad de refrescar el ambiente.  Las  fregonas  y aspiradores  entonces eran un proyecto y supongo que estarían en la mente de algún genio.

     No   quiero   extenderme  más.    Espero  que lo que he contado nos sirva  a  todos  para reflexionar  y  para valorar lo que tenemos (a veces no lo hacemos, a pesar de la importancia que tienen las cosas).

      El agua que dejamos caer, en algunos casos inútilmente  por el desagüe de la fregadera, no  hace  muchos  años  nos  hubiera  hecho  falta  realizar   algunos  viajes  a  La Regadera para recoger unos cuantos cántaros del preciado líquido = H2O.

      Cómo evolucionan las cosas...  Hay que ver la de adelantos que nos llevan hacia delante y lo adelantados que andan los que nos llevan la delantera.

      Para  terminar  el  artículo de hoy,  propongo  la  siguiente  adivinanza  que  escuché  en Cornago,  hace unos  años,  durante una calurosa tarde de verano:

Arrimé tripa con Juana,
metí mi “negocio” dentro.
Ella se quedó mermada
y yo la saqué escurriendo.

¿Cuál es el negocio?

 

- Respuesta: La jarra que se introducía en la tinaja para coger el agua que luego beberíamos.

 

 


 


13/Nov/2005

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