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Miércoles, 24 de Mayo de 2017
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A la fresca...

hasta las tantas.


    Ha llegado el verano; con él, la calor y de la mano, las vacaciones. Cada tarde, al ponerse el sol,  tras  una  frugal  cena  y  telediario  veraniego  de  “chichi-nabo”,  cuando el cuerpo se encuentra  regado  de  calurosos calores (que no se consiguen aliviar en la piscina), bajamos en  procesión  las  escaleras  y  salimos  a  la  calle:  el abuelo, la madre, el hijo, el padre, el soltero de oro  y  el  forastero.  Ataviados  con cojines, almohadillas del todo a 100, tarimas,  sillas bajas de anea,  hamacas y el suelo para aquel que tiene  miedo de  caerse al mismo.

      Nos  reunimos  entre  dos  luces,  a  veces  entre sombras y penumbras, en cada barrio: Cerrillo, Santa Catalina, Plaza, Piedad, Niestra, Bagar, Perín, Cristo, Ombría, Baroja... Estas reuniones  a  la  fresca  son  como  una  prolongación  de  las  relaciones familiares, como la necesidad  imperiosa  de  confirmar  nuestra amistad cada noche, la búsqueda de la calma y sosiego  de nuestras ajetreadas vidas, así como la ocasión de alargar el día, sumándole más horas  a  las veinticuatro que ya tiene. Las madres son las más tardías en unirse a la tertulia, ya  que  suelen  ultimar  los  preparativos  de  la merienda de sus esposos e hijos para el día siguiente (es porque ellos madrugan).  Cada  año  se  echa  de  menos la presencia física de algunos/as  que  nos  abandonaron, de su buen humor, desparpajo y de las pocas prisas que teníamos  todos  para  ir  a  la  cama  (cada  uno  a  la  suya  y  Dios en la de todos), aunque cerrando los ojos conseguimos verlos compartiendo con nosotros esas horas en su “Cornago Celeste”.

        Los  jóvenes,  hace  tiempo  que  salían  a la cantina a buscar novia. Muchos años más tarde,    las  chicas  se  preguntaron:  ¿cómo  van  a  encontrar  novia  si  nos  quedamos nosotras en casa? Por eso, decidieron también salir ellas, dispuestas a echarse novio,pareja de hecho, echar una canita al aire o a anunciar a los cuatro vientos que pertenecían a la ASC (Asociación  de  Solteros  Convencidos).  Luego,  juntos,  pero no revueltos, frecuentaban los bares  del pueblo o abrían fronteras, visitando las localidades y capitales próximas, aunque a veces  no  tan cercanas. Queda la anécdota en mi recuerdo de aquel grupo que se les antojó desayunar  chocolate  con  churros  una  madrugada  en  la Ciudad del Azahar.

        Y  en  esas  “frescas”  surgían  las  estelas de perfumes y aromas que perseguían a los transeúntes,   haciendo   una   pausa  en nuestras mismas  narices.  Mi  padre  adivinaba  el nombre  del  pájaro que se escuchaba en los silencios y que yo es imposible que lo averigüe por mucho que me empeñe.  La comida  y  bebida  se  compartía  y… ¡por supuesto que nos sabía mejor!   Muchas  veces,   nuestros  vecinos  que  saben de casi todo,  nos sorprenden con   las  anécdotas,  chistes  y  embustes  más  divertidos,   que   para   sí   quisieran   los maestros,   los   políticos   y   los    ases   del  humor,   para   garantizar   la  atención  a  su discurso  y  enseñanzas.  Cuantas cosas se aprenden en estas tertulias y reuniones…

       A  veces  no  se  mueve  un  pelo,  una  gota,   una  “embuesta”,  una chispa o una raya de  aire  en  medio de este bochornoso soriano, y es que tenemos una capacidad tan grande de  sensibilidad  en  nuestra  piel,  que  percibimos  estas  ínfimas  medidas  en  cada  poro. También  nos  damos cuenta de ello a la hora de ablentar las habas y los garbanzos, aunque esto mejor de buena mañana, también con la fresca.  Y encima vienen a hacernos compañía estas  dichosas  moscas  que  son  “más cansas que las moscas”.  Menos mal que por San Juan,  no  pica  ningún  bicho…  que esté muerto (así  me  lo  decía  mi  abuelo) que de esto entendía un rato. También me contaba que para que no doliesen los riñones había que atarse un  junco  a  la  espalda,  creo  que  yo  me lo ataba mal porque en las faenas del campo me dolían  siempre   una barbaridad...Y una vez que llegamos al 24 de junio, ya casi estamos en fiestas y recorremos con desenfreno la cuesta abajo. Así nos lo recuerda la estrofa:

El 24 San Juan,
el 29 San Pedro
y  el 12 de septiembre
las fiestas de nuestro pueblo.

Apaga luz, Mariluz, apaga luz…

        El regreso de los jóvenes al barrio pone hora de caducidad a este tipo de reuniones. Es hora  de  irse  a  la  cama,  pudiendo  alargar  unos  minutos  más  del tiempo en los fines de semana  o  cuando  la  ocasión  nos  brinda  el  placer  de  no  madrugar al día siguiente.

        La  nota  cómica  se  dibujaba  en el ambiente con esa rebequita sobre los hombros de algunos  previsores  de  catarros,  en medio de esos calores sofocantes. Ahí estaba siempre esa  respuesta  coincidente y casi mágica de aquéllos: “el que quiera estar fuerte y sano que se ponga la ropa del invierno en el verano”.

        Al final de la noche,  el sueño nos invade (a unos más que a otros).  Esa  curiosa forma de  prestar  atención y conjugar al tiempo los verbos "ser"  y  "estar"  (estar  sin ser o ser sin estar,   por   poner  unos  ejemplos):   cabizbajos,   con  los  ojillos  entreabiertos,  la  babilla correteando   por   las   comisuras   de  los  labios,  cabeceando  acompasadamente,  con la mente  en   la   hinopia,   regalando   algún   que   otro   ronquido   delator    de   la  atención prestada.

       Esto   pasa  en  mi  pueblo  y  es  lo que, por suerte,  y  entre  otras  cosas,   aún sigue diferenciándonos  de  las  ciudades.  Si  no  fuera  por  estos ratos y otros con menos ropa…

¡ Hasta mañana, vecinos!, ¡buenas noches!


25/Jun/2006

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