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Miércoles, 24 de Mayo de 2017
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Fumando espero.

Se fue, dejando una estela de humo...


      Nosotros, como quien no quiere la cosa, descubrimos América (1492) y ellos, los nativos del continente americano, nos descubrieron el tabaco. Sí, hombre, esa planta de la familia de las solanáceas  que  crece  en  regiones tropicales  y zonas templadas, que tiene más de 75 especies de las que 45 (al menos)  son originarias de América. Resulta que desde hace más de 2000 años,  lo  utilizaban  como  medicina,  como alucinógeno en ceremonias religiosas y como  ofrenda  a  sus  dioses  y  espíritus.  Su  nombre  se lo debe al tubo de caña, llamado “tobago”,  por el que los indígenas fumaban el mismo. Quien nos los iba a decir…

     Algunos médicos y entendidos  identifican al período de la pubertad como a esa etapa del ser  humano   de  fuerte  actividad  hormonal,  de  cambios  físicos y hasta psíquicos. Yo me atrevería  a decir que en Cornago pasábamos  a la pubertad cuando empezábamos a fumar a escondidas,  a  rebelarnos  a  las  órdenes  de nuestros padres, a tomar nuestras decisiones (aunque   fuesen   equivocadas   y   nos   marcasen  de  por  vida).  Era  un  ceremonial  que iniciábamos  en  grupo para ir perfeccionándolo en solitario. Primero fue con la ligarza (planta de   tallo   leñoso   y   poroso),    totalmente    gratuita,   aunque  a  la  larga  nos  pasase  la correspondiente  factura.  Escogíamos  nuestros  primeros  cigarrillos  a  nuestro gusto (más largos,  más  gruesos,  más torcidos, más secos…o todo lo contrario). La primera calada era nuestra  prueba  de  fuego.  A ver quien era el guapo que se tragaba el humo sin toser, con lo que aquello picaba en la garganta.

     Después, los que tenían la suerte (o la desgracia) de que sus familiares adultos fumasen, a  escondidas  les  sustraían  uno  o  dos  cigarrillos,  sin  que  estos se diesen cuenta y los compartían  con  el  grupo  de mocosos  que jugábamos  a ser mayores.

       Si  el  tabaco era negro y nos inclinábamos a su consumo, era buena señal, ese tabaco era  de  machotes.  Si  por  el  contrario  era  rubio,  el  que lo consumía era más finolis, más descafeinado,  más  exquisito,  menos  auténtico  o…  ¡con más pasta gansa para gastar los domingos!

       El tabaco ofrecía muchas y varias alternativas. Se podía tener entre los dedos, colocarlo en  la  oreja  al estilo carpintero, se podía tragar el humo, aguantarlo en la boca durante unos segundos,  se  podía  practicar  el  alfabeto  con  el humo (aunque a lo más, sólo llegábamos a hacer la “O”), se podía tener encendido o apagado, podíamos quemar la pavesa  sin aspirar una  sola  calada,  podíamos  decir  que era para los nervios, que nos relajaba mogollón (¿de qué teníamos que relajarnos?),  a  veces  daba  un  cierto  toque “chic” para ligar. Ah… ahora comprendo de dónde viene eso de ligar, seguro que de LIGARZA.

     Pero no sólo los chavales aprendían a fumar. Pronto las chavalas, queriéndoles igualar en el noble arte, reservado no hace muchos años en exclusiva  sólo para hombres, empezaron a practicar  lo del “ fumeteo ”. Y qué bien se les daba a algunas…

       En  casi  todos los banquetes y celebraciones se concluía con el obsequio de un puro o cigarrillo  para  los  invitados.  Qué   orgulloso   lucía   el  padrino  su  caja de puros (no sé la marca, pero en cualquier caso eran de los caros), en la boda de su hija.

       En  cuántas  reuniones  y  pequeños  períodos de descanso en el trabajo, a falta de otra cosa,  siempre  había  alguien  que  ofrecía  sus  cigarrillos, así como el gorrón de turno, que siempre  los aceptaba y olvidaba comprarlos él alguna vez. 

        Lo  que parece una inocente broma (a lo del tabaco me refiero), se ha convertido en una importante  actividad  económica  en  muchos  países.  Cada año se producen siete millones de  toneladas  de  tabaco.  Asimismo,  alguien  se  ha  dedicado  a investigar lo que contiene el  humo del tabaco y ha descubierto que contiene más de 4000 sustancias, algunas tóxicas y  al  menos  60  carcinógenas.  Se  han  clasificado  a los fumadores (activos y pasivos), se han  catalogado  las  zonas  y  espacios  (de  fumadores, no fumadores y mixtos). Mucho se ha  hablado  de  los  riesgos  del  tabaco  y  en los últimos años así  lo expresaban nuestras autoridades sanitarias en los paquetes y cajetillas. Ahora, a través de una ley general y otras leyes  que  desarrollan  algunas  comunidades  autónomas,  se  está poniendo en práctica el eslogan  de: “el fumar se va a acabar”.

       Si  tan  preocupados están por nuestra salud, dentro de poco veré que en los envoltorios de  la  carnicería  pondrá  la  etiqueta:  “Ojo,  esta  carne  puede  producir colesterol y su alto contenido  de grasa puede originar enfermedades cardiovasculares”.

       O  en  la  verdulería:  “Cuidado, este repollo puede producir flatulencias o estas alubias,  aires  insalubres y molestos,  con riesgo contaminante y ataque directo a la capa de ozono”.

       O  en  la  pastelería:  “Cuidadín, estos pasteles ricos en nata y bollería industrial podrían producir obesidad y adicción”.

       O  en   la  perfumería: “Atención, el uso incontrolado y continuado de esta colonia puede producir: mareos, náuseas y hasta vómitos”.-

       O  en  la  ferretería:   “El  uso  permanente  de  este  martillo  sin  extremar  las debidas precauciones,  podría conllevar de modo irremediable al aplastamiento de un dedo”.

       Que  cada cual y cada quien, en el uso de su libertad haga lo que le convenga, pero que ninguna  sustancia,  nada  ni  nadie,  nos  impida  ejercer  nuestra  decisión  para  decir : “sí” o “no” a lo que nos apetezca (siempre que sea bueno).

       ¡Hasta la próxima!

 

 

 
 


19/Mar/2006

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