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Martes, 22 de Agosto de 2017
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Los aguinaldos.

Esto lo escuché en Cornago, en la última hoguera de Santa Lucía.


       Se están perdiendo las viejas costumbres, pero lo que más me duele es que también se pierdan las buenas...
      Cuentan  que  hace  muchos  años  (esto no es un cuento,  es verdad y de la buena), en vísperas   de   la   Navidad,   acudieron   a   Cornago  unos  mendigos.  Debió   venir  todo  el cortejo mendigueril.  Por el aspecto y número eran cerca de una docena:  una pareja de edad avanzada  (los abuelos),  otra  pareja  de  adultos  (seguramente  los  padres) y  seis  u ocho churumbeles,  muy  morenitos  todos  ellos  y con los pelos de hambre, por los cuales en su vida había pasado un peine.  Llevaban  como medio de transporte un burro cano, para que os hagáis una idea,  tal  y  como  imaginamos  a Platero, aunque un poco más flaco, a punto de jubilarse  y lleno de pulgas. Iban de casa en casa, llamando a los picaportes (en  la casa que los  había),   golpeando   las  puertas  con  sus  manos  o  requiriendo  la  presencia  de  sus moradores al grito de: “señor o señora”.

       Por  los  ventanucos  asomaban  (a duras penas),  las  cabezas de los dueños, quienes sorprendidos  por  la  insistencia  de  las  llamadas,  respondían: ¿quién!, ¿qué se les ofrece!

       Entonces,  la  cuadrilla de  harapientos, ataviados con algún pandero, la típica botella de anís con  relieves (vacía)  y el almirez, cantaban las siguientes estrofas:

Si usted me da un cacho pan
le canto con alegría:
las penas de San José
y de la Virgen María.

San José fue a por leña,
mientras la Virgen dormía
y estrellas como la plata
en el cielo relucían.

Me de un cacho pan
que ya lo he “ganau”
las cuatro “azaitunas”
y el “güeso  pelau”.

        Resulta  que  llegaron  a  la  casa  del  Sr   (mejor  omito  el  nombre,  para  que  no se ofendan  sus  familiares).    Este   señor  era:    menudo,  enjuto,  ataviado  con   boina  a  lo “Macario” y con  una  mala leche o  mal gas que se le paseaba por todo el cuerpo.  Tampoco os digo cual era el apodo de este buen hombre, porque lo ibais a reconocer enseguida.

        Al asomar la cabeza por la ventana, contempló desconcertado la escena que montaban aquella docena de artistas.  Al  finalizar  el  villancico,  siguiendo con el mensaje de la última estrofa,  le   pidieron  (como  habían  hecho  en  las  otras  casas  del  pueblo)  el aguinaldo,  no siendo exigentes en sus peticiones,  igual  les  daba una cosa que otra, pero a poder ser, preferían  algo  para  comer.   El   señor   de  la  boina  y  del  mal  genio,  les  preguntó  con interés: ¿Cómo queréis el pan, del blando o del duro?  Los pedigüeños, muy conformistas, le replicaron  que les daba igual, que como lo tuviera.  Esperaron unos segundos en el portal de la casa,  justo hasta que lo vieron aparecer  con  el mango de la azada en  alto,  tal  y  como Gorgorito  amenaza  a  la  bruja  de  sus  cuentos,  y  aquella  familia  emprendió la huida de aquel lugar a todo correr.  Desde  entonces,  nunca  jamás  se  escuchó  aquel  villancico en el pueblo,  quedó  grabado  para siempre en nuestra memoria,  junto  con la anécdota que os acabo de contar.

        A  algunos,  no  les  falta  un  trozo  de  turrón  o  mazapán en su  boca, mientras que a otros,  les sobra toda la alegría,  felicidad  y   buen  humor  en  sus vidas para compartirlos con los demás al pedir el aguinaldo.

¡¡¡FELICES FIESTAS A TODOS!!!

 

 


3/Ene/2006

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