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Martes, 26 de Septiembre de 2017
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Pon, pon. -¿Quién?. - El cartero...

Con cariño esta misiva os la envío en una botella.


    No se sabe la fecha exacta en la que se implantaron los correos, pero surgieron, sin duda, de  la  necesidad  del  ser  humano  de  comunicarse con los demás.  Los  mensajes  en  un principio eran verbales  y  los  participaba  alguna persona que,  en   principio  se  le suponía  dotada de buena memoria.   También  se  utilizaron  a  las  palomas  mensajeras  para  este menester.  Se dice que China es el país que más ha contribuido al desarrollo del correo  (que viene de correr),   pues  inventó  el papel  y  organizó  el  primer  Servicio  Postal.  Antes  del papel, el ser humano se servía de los papiros  y  los pergaminos fabricados con las pieles de algunos animales.  El arte de escribir una carta tiene una historia de más de 4000 años.   En el  año  1520  DC  surgió  el  primer  monopolio  de  correos  en  el  mundo,  al ser nombrado Francisco  de  Tassis  por  Carlos  V  de Alemania y I de España,   para  transportar  toda  la correspondencia  de  particulares.  En  España se autorizó la circulación de tarjetas postales con  franqueo  reducido  a  partir  del  10  de  mayo  de 1871,  aunque fue en 1892 cuando se imprimirían  las  primeras  tarjetas  postales  tal  y  como  las conocemos actualmente.  Otro detalle curioso vinculado a la correspondencia son los sellos.  El primer  sello  del  mundo se puso   a  la  venta  en  Gran  Bretaña  el 1 de mayo de 1840.   El  empleo  de  los  sellos  fue establecido  en  España  por  Real  Decreto  de  24  de  octubre  de  1849,  siendo la primera emisión de sellos de correos de España puesta a la venta el 1 de enero de 1850.

     Después   de   ver   someramente   algunos  de  los  datos,  fechas  y  hechos  históricos relacionados  con  la  correspondencia  escrita,  me   “ meto en harina ”   para  relataros  una historia  que  me  contaba  mi  abuelo (también cornagués), que tiene mucho que ver con las cartas,  la cual,  seguro  que  vosotros  también conoceréis.

   Mi abuelo situaba los hechos a comienzos del siglo XX y los contaba como si hubiese sido testigo  presencial  de  los  mismos,  siendo  esto   lo  que  le daba más realce e interés a la historia,  aunque de lo que hubiera de cierto en ella,  hoy por hoy,  yo  tengo mis dudas... 

     Contaba  que  en  sus tiempos de servicio militar obligatorio  (lo que fue la “mili”  hasta  el 31  de  diciembre de 2001), con “veintipocos” años,  había un compañero suyo de reemplazo, muy  buena  persona  aunque  analfabeto,  que tenía  una  novia  a  la  que tenía presente en sus  pensamientos  todo  el  día.  Como  no  tenía  previsión de verla de manera inmediata, al menos   hasta   que  tuviera  algún  permiso  o  licencia,   decidió  escribirle  una  carta  para comunicarle  sus  experiencias,  sus cosas y lo mucho que la quería. El problema es que no sabía escribir… Entonces, se arrimó a un compañero (más ilustrado y granujilla) y le pidió si podía escribirle la carta para su novia.  El compañero,  sin dudarlo un instante le dijo que sí y se pusieron manos a la obra:

- ¿Cómo se llama tu novia? – preguntó el escribiente -.
- Carmen La Oreja.


La carta comenzaba así:

     Carmen de mi corazón:

     Estoy en el pelotón de los torpes. Aquí me calman a golpes.


     Luego, el escribiente le preguntó al novio enamorado: ¿ahora qué  quieres que le escriba? El novio, confiado en que su amigo tendría  más  gracia o chispa en relatar sus cosas, le dijo despreocupado: pon, pon, tú lo que quieras,  lo que escribió literalmente en el papel para su amada.  Y continuaba diciendo: pon, pon, tú lo que quieras…,  mensaje que volvió a plasmar el bromista militar unas cuantas veces más.

     Lo que sucedió cuando la novia tuvo entre sus manos aquella carta, creo que os lo podéis imaginar.  No sé si continuarían aquella relación,  si la carta le disgustó a la mujer, si la novia sabía  leer   o   tuvo   que   solicitar  la   ayuda   de  alguien  para  que  le  ayudase  o tal vez estuviese  riéndose del hecho durante el resto de  su vida.

     Como  suele  ser  habitual  en  los  relatos  de  nuestros  mayores, éste también tenía su moraleja,  la  cual  venía a decir algo así como:  que los niños debían aplicarse en la escuela para que luego no nos viésemos en situaciones como la del protagonista de esta historia.

     Hace muchos años,  no era extraño que nuestros convecinos no supiesen leer  o escribir, o ninguna de las dos cosas.  Sus  padres  y educadores  tenían otras prioridades,  no menos importantes  para  ellos,  tales  como: dotarlos de una pequeña o gran hacienda, enseñarles  los conocimientos de la vida y de la experiencia para su desenvolvimiento,  que cuidasen los ganados  y  aprendiesen  el  arte  del pastoreo...  Lo  de  saber  leer  y  escribir,  algunos  lo posponían hasta la llegada del servicio militar.  Por  lo  que,   pensándolo bien, tal vez no sea tan extraña la historia que os he contado.


     Dedicado este relato: a nuestros inolvidables carteros cornagueses  que durante muchos años,  de forma puntual e ininterrumpida,  nos hacían llegar la correspondencia:  “Domingo y Lola”.


20/Nov/2005

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